El complemento eterno
Por qué las máquinas geniales podrían demostrar su mayor valor al hacer trabajo monótono.

Nota de los autores: este es el primer ensayo de nuestra serie sobre la próxima economía, parte de una nueva plataforma que da cabida a voces independientes que exploran un futuro con IAG. Refleja nuestras opiniones, no las de OpenAI ni las de nuestros colegas.
La humanidad ha logrado ver casi hasta el inicio de los tiempos.
Nuestras ecuaciones ofrecen un relato en gran medida coherente del universo desde sus primeros instantes. Con nuestros telescopios, hemos observado los confines del cosmos y vislumbrado su historia temprana. Conocemos el nacimiento de las estrellas y la formación de las galaxias.
Sin embargo, ningún ser humano ha viajado más allá de la Luna.
Las explicaciones que buscamos abarcan el universo, mientras que nuestros cuerpos apenas han salido de casa. Nuestras mentes se aventuran mucho más allá del alcance de nuestras manos.
Esa discrepancia podría significar dos cosas muy distintas.
Una posibilidad es que no necesitemos ir muy lejos, que las verdades más profundas puedan comprenderse desde un solo planeta. Con un razonamiento lúcido e instrumentos eficientes, desentrañamos el universo sin recorrerlo. En esta historia, nuestra civilización avanza en profundidad en lugar de hacerlo en amplitud. Esto ayudaría a explicar por qué no hemos visto otras formas de vida inteligente: quizá vivimos en una galaxia llena de mentes brillantes que nunca necesitaron expandirse y hacerse visibles para nosotros.
La segunda posibilidad es más intimidante. Puede que nuestras mentes simplemente se hayan adelantado a nuestra capacidad de ejecución. Cada nuevo paso requiere más tiempo y más recursos. No nos faltan sueños, pero sí la mano de obra para hacerlos realidad.
Galileo amplió nuestra visión con dos lentes y un tubo. Para volver a ampliarla hoy, la humanidad construyó el telescopio espacial James Webb, un observatorio de diez mil millones de dólares que se plegó dentro de un cohete y se envió a un millón de millas de distancia. Los dieciocho enormes segmentos de su espejo están fabricados con una precisión de cincuenta nanómetros. El observatorio nació del trabajo de trescientas organizaciones de catorce países. La contribución de Galileo requirió unas pocas docenas de manos. El Webb necesitó un ejército y una economía global que lo respaldara.
Para ver más lejos no bastaron mentes más brillantes. Hizo falta una burocracia más grande.

Nos planteamos más preguntas de las que podemos investigar. Diseñamos más experimentos de los que podemos realizar. Imaginamos posibilidades creativas más rápido de lo que podemos concretarlas. Y en muchos campos ocurre lo mismo: cuanto más avanzamos, más complicado se vuelve construir lo que imaginamos.
Nick Bloom y sus coautores(se abre en una nueva ventana) estudiaron la productividad de la investigación en toda la economía estadounidense. Mantener la ley de Moore requiere hoy más de dieciocho veces la cantidad de investigadores que a principios de la década de 1970. Desde la década de 1930, el esfuerzo efectivo de investigación en el conjunto de la economía se multiplicó por veintitrés, mientras que la productividad medida de la investigación disminuyó 41 veces.
La cantidad de técnicos crece al doble de velocidad(se abre en una nueva ventana) que la de científicos. El uso de equipos especializados en la ciencia se ha duplicado(se abre en una nueva ventana) en cuatro décadas. Hoy, una fábrica de chips cuesta cinco veces más(se abre en una nueva ventana) —y supone una operación mucho más extensa— que hace treinta años.
Estas estadísticas sugieren que seguir avanzando tiene un costo cada vez mayor. La economía sigue avanzando porque el enorme crecimiento de la actividad investigadora ha compensado el rendimiento decreciente de cada unidad.
Esta historia debería hacernos pensar en la genialidad de otra manera: no como algo aislado, sino como un insumo de un proceso de producción. Una hipótesis brillante sigue necesitando evidencia, instrumentos y los medios para ponerla a prueba. Una idea aún no es progreso si no cuenta con la maquinaria y el personal de apoyo para materializarla.
Los economistas llaman complementarios a dos insumos cuando una mayor cantidad de uno aumenta el valor del otro. La inteligencia de vanguardia y la capacidad de concretar sus ideas son complementarias en este sentido. Un mejor telescopio hace más valiosa una buena pregunta astronómica. Una mejor pregunta hace más valioso el telescopio.
Algunos complementos son físicos. Una teoría espera un acelerador de partículas; un diseño tecnológico espera la energía y la maquinaria necesarias para construirlo.
Otros complementos son más difíciles de ver a simple vista. Por sí sola, una idea es frágil. Necesita instituciones de todo tipo. Leyes, burocracia, mecanismos de financiamiento, cadenas de suministro y mucho más se articulan para llevar la idea a la práctica.
Una gran idea debe sobrevivir a una larga cadena de acciones acertadas en cada una de estas instituciones. Llamemos a esto inteligencia institucional: la inteligencia poco reconocida de la ejecución. La genialidad diseña el monumento; las instituciones colocan las piedras. Una es brillante, la otra parece aburrida; ambas son absolutamente cruciales.

A veces imaginamos la superinteligencia como mil millones de Einsteins. Pero una civilización de mil millones de Einsteins aún necesita que la mayoría de ellos extraigan piedra de las canteras y lleven la contabilidad. La innovación de vanguardia solo es posible cuando el mundo cotidiano funciona sin contratiempos a su alrededor. El progreso necesita de todos: desde quien suelda un tornillo del telescopio hasta la aseguradora de la escuela primaria donde estudió el enfermero que atendió al astrónomo. El progreso se construye sobre una economía en pleno funcionamiento que solemos pasar por alto al relatar nuestras mayores hazañas.
Al igual que la inteligencia humana, la IA se orientará tanto a generar ideas brillantes como a desarrollar capacidades institucionales. La pregunta es a qué dedicará la mayor parte de su tiempo.
La IA ya está haciendo que la capacidad de ejecución sea menos escasa. Escribe el código, explora bibliografía desconocida y convierte un boceto en un prototipo funcional. Cada vez más, una sola persona ambiciosa puede desarrollar ideas que antes requerían toda una organización.
La mayoría de los aspirantes a cineastas nunca recibe doscientos millones de dólares para probar suerte. La mayoría de los diseñadores de videojuegos pasa toda su carrera haciendo realidad las visiones creativas de otros. Intentamos impulsar a las personas más capaces, pero inevitablemente desaprovechamos talento. Desde esta perspectiva, la era de la inteligencia comienza complementando el ingenio humano y brindando a más personas el personal de apoyo necesario para concretar sus propias ideas.
Esto podría dar lugar a una gran variedad de proyectos singulares, con más producción creativa fuera de las instituciones que antes controlaban el acceso al trabajo en esos campos. El insumo escaso deja de ser la ejecución y pasa a ser el criterio: la capacidad de decidir qué vale la pena crear, qué pregunta vale la pena hacer y cuál de mil caminos plausibles merece explorarse.
Pero es posible que la historia no termine ahí. A medida que la IA se vuelve capaz de generar por sí sola nuevas ideas brillantes —algo que quizá ya estamos viendo en campos como las matemáticas—, aporta tanto planes de trabajo como mano de obra. En lugar de ejecutar un programa de investigación humano, diseña miles de programas propios. Los genios de la IA multiplican de forma exponencial las ideas de películas que vale la pena desarrollar y las hipótesis que vale la pena poner a prueba. Las ideas proliferan más rápido de lo que la infraestructura de apoyo puede absorberlas.
La IA actual ofrece un respiro largamente esperado, en el que nuestras buenas ideas reciben por fin la atención que merecen. Mañana podría haber tantas buenas ideas que la escasez de capacidad para llevarlas a cabo sea mayor que nunca.
En última instancia, no sabemos si los complementos necesarios para aprovechar de manera productiva los nuevos conocimientos aumentarán, disminuirán o se mantendrán estables. ¿Cuánto se puede avanzar intelectualmente solo con pensar? ¿Cuánta burocracia necesita la genialidad?
A nuestro juicio, la respuesta depende de hasta dónde puede llegar el pensamiento antes de tener que volver a entrar en contacto con la realidad.
Describimos dos caminos posibles. El primero es una civilización de profundidad, en la que la superinteligencia supera la necesidad de más capital físico y coordinación burocrática. El segundo es una civilización de amplitud, en la que la complejidad de la naturaleza supera la capacidad de cualquier inteligencia —humana o artificial— de avanzar sin experimentos de gran escala y cada vez más elaborados en el mundo real.
Hasta ahora, la historia humana sugiere una necesidad creciente de capacidades complementarias. El telescopio de Galileo cabía en sus manos; el Webb requirió una civilización. Un pequeño equipo de Bell Labs ensambló el primer transistor en una mesa de trabajo; hoy, los avances en chips de vanguardia surgen de una compleja cadena de suministro global. Llegar más lejos sigue requiriendo el respaldo de una mayor parte de la civilización.
Pero esa historia no tiene por qué determinar nuestro destino. Las mentes inteligentes pueden inventar complementos más eficientes. Si la energía limita un nuevo acelerador de partículas, la genialidad puede idear un acelerador que consuma menos o una mejor manera de obtener energía.
La genialidad también puede sustituir algunos de sus complementos. Einstein pudo llegar a la relatividad mediante el pensamiento, a partir de muy pocos datos empíricos. Nosotros necesitaríamos muchos más. Algunas personas simplemente recuerdan todos sus compromisos; la mayoría recurrimos a la burocracia de Google Calendar.
Y la genialidad puede llevar el criterio a su máxima expresión, al elegir las mejores hipótesis para poner a prueba y evitar fracasos que desperdicien recursos. Si cada genio adicional mejora la calidad del plan, aunque se necesiten burocracias cada vez mayores, seguiríamos invirtiendo mucho en la genialidad precisamente porque la ejecución es demasiado costosa como para desperdiciarla en lo equivocado.
Ninguno de los dos caminos describirá a la perfección nuestro futuro real, pero podemos verlos como dos rumbos posibles para nuestra civilización.
La inteligencia puede hacer avanzar el conocimiento de tres maneras. Puede razonar a partir de principios. Puede extraer nuevos conocimientos de la evidencia existente. O puede recopilar nueva evidencia al observar el mundo e intervenir en él.

La primera vía puede llegar lejos solo con el pensamiento. Las matemáticas son el ejemplo más puro. Ante las muchas encrucijadas de una demostración o un proyecto, una mente poderosa puede tomar sistemáticamente la decisión correcta. Sustituye años de búsqueda a tientas por una cadena de razonamiento breve y mejor orientada.
La segunda vía también es un terreno inexplorado que permite avanzar rápido. La humanidad ha recopilado mucha más evidencia de la que ha comprendido. El estudio de nuestros datos —imágenes astronómicas, muestras de microscopio, secciones de comentarios en línea— se ha visto limitado por la escasez de inteligencia humana. Los archivos científicos contienen observaciones registradas para responder una pregunta que podrían albergar respuestas a muchas otras. La genialidad abundante puede hacer descubrimientos sin recopilar nada nuevo, con solo ver lo que ya estaba ahí. Podría encontrar un nuevo universo sin captar un solo fotón nuevo.
La tercera vía no es tan fácil, porque nos exige interactuar con el mundo físico. Los procesos físicos toman tiempo y, a menudo, poco se puede hacer para acelerarlos. Las sustancias químicas deben reaccionar. Los organismos deben crecer. Las máquinas deben construirse. Las naves espaciales deben recorrer distancias reales, sujetas a los límites de velocidad del cosmos. Ni siquiera una mente perfecta puede observar el resultado de un experimento que no ha ocurrido.
Pero puede intentarlo. Una civilización de profundidad no se libraría de la necesidad de consultar la realidad. Lo haría con una economía de recursos radicalmente mayor. Un mejor razonamiento permitiría identificar los pocos experimentos que realmente importan. Las simulaciones resolverían la mayoría y localizarían la incertidumbre exacta que la realidad debe despejar. La superinteligencia puede maximizar la eficiencia al diseñar en función de sus escasos recursos para aprovecharlos al máximo.
Imagina un laboratorio de astrofísica con un conjunto de hipótesis sobre la materia oscura. Primero, estas se someten a un modelado computacional hiperrealista. Se verifica la coherencia de cada teoría con todos los datos existentes. Solo después de todo esto se toman unas pocas imágenes nuevas de zonas específicas del cielo para poner a prueba las teorías más prometedoras. La civilización sigue necesitando los complementos de la genialidad, pero cada unidad aporta mucho más valor.
Nuestro camino hacia una civilización de profundidad podría funcionar como un rompecabezas. Avanzar es fácil al principio y al final, y más difícil en el medio. Al principio hay bordes evidentes y piezas fáciles de encajar. Luego, esas opciones se agotan, y todavía hay muy poco de la imagen armado como para orientar el resto. Cerca del final, los huecos restantes casi te dicen qué piezas les corresponden. Para una ciencia casi completa, los últimos descubrimientos podrían ser más fáciles que aquellos por los que hoy nos esforzamos.
Esto es habitual en la ciencia. Mendeléyev pudo describir elementos aún no descubiertos porque el resto de la tabla periódica delimitaba lo que faltaba. El modelo estándar dio a los físicos motivos para prever la existencia del bosón de Higgs décadas antes de que lo observáramos. Nuestros experimentos se orientaron a buscar lo que esperábamos ver: aquello que era coherente con la teoría y los datos existentes.
La superinteligencia podría lograr una civilización de profundidad al comprender tan bien los patrones del mundo que sepa exactamente qué datos nuevos necesita. Impulsaría el progreso mediante un pensamiento más profundo, sin depender de la lenta marcha de la expansión física.

Si predominan esas mejoras de eficiencia, la civilización podría profundizar rápidamente su dominio de la naturaleza, con menor necesidad de inteligencia institucional para gestionar vastas instalaciones experimentales nuevas. Su presencia física podría seguir siendo pequeña mientras su sabiduría madura.
Los humanos ya hemos comprendido muchísimo sobre nuestro universo sin siquiera salir de casa. La civilización de profundidad sería una continuación de esa tradición.
Pero la demanda de nueva evidencia puede superar estas mejoras de eficiencia. La inteligencia puede abaratar cada consulta a la realidad y, al mismo tiempo, descubrir muchas más razones para consultarla. Mejores instrumentos abren nuevas fronteras de mayor precisión. Los experimentos más rápidos pueden hacer que valga la pena realizar experimentos adicionales.
Si el camino casi puramente cognitivo de Einstein hacia sus teorías de la relatividad ejemplifica una civilización de profundidad, quizá la biología sea el mejor anticipo de una civilización de amplitud. Pese a todo el conocimiento que hemos acumulado y todos los datos que hemos aprovechado, los nuevos medicamentos aún deben probarse en un gran número de personas para saber si son seguros y eficaces. Las máquinas ya pueden simular procesos biológicos, lo que permite a los biólogos probar nuevos fármacos in silico en lugar de hacerlo en experimentos físicos, pero esas simulaciones digitales no son lo bastante fieles al mundo real como para sustituir los ensayos a gran escala en humanos. Cuantos más fármacos candidatos produce la máquina, mayor es el cuello de botella de la comprobación empírica.
En una civilización de amplitud, la genialidad por sí sola no basta para avanzar. Nuestra necesidad de recursos físicos —y de una burocracia que gestione su uso— crece más rápido de lo que una mente inteligente puede economizar unos u otra.
Este podría ser nuestro camino incluso si los futuros sistemas de IA superan ampliamente la inteligencia humana. Una superinteligencia podría diseñar un siglo de experimentos en una tarde y luego pasar ese siglo esperando a que la naturaleza y la maquinaria los lleven a término. En un mundo así, resulta más valioso invertir inteligencia en los procesos institucionales necesarios para concretar ideas que en la generación de ideas en sí.
El efecto se amplificará si cada nuevo paso requiere cada vez más infraestructura de apoyo.
Aquí veríamos, en términos relativos, menos pensamiento y más construcción. Los laboratorios se automatizan. Las fábricas se multiplican. La producción de energía aumenta. La inteligencia institucional predomina para hacer posible todo esto. La expansión física se convierte en el motor del conocimiento, y la civilización se extiende porque sus preguntas han superado los medios para obtener respuestas. Más materiales, más energía, más datos para seguir adelante.

Una esfera de Dyson es una imagen extrema de este futuro. Diseñar una exige avances extraordinarios, pero la mayor parte del proyecto no consistiría en idear grandes innovaciones. Sería una labor de construcción y logística a escala astronómica.
La esfera de Dyson requiere mentes brillantes que tracen sus planos. También sería uno de los proyectos más repetitivos, monótonos y difíciles de organizar jamás emprendidos.
Esto no representa un fracaso de la inteligencia, sino una consecuencia de su éxito. Las mentes más brillantes descubren más proyectos que valen la pena; los proyectos más complejos necesitan más materia para concretarse.
Si es así, el superpoder de la superinteligencia podría no ser su genialidad. Sería, en cambio, su disposición a asumir la burocracia, a coordinar la vasta maquinaria tecnológica e institucional necesaria para convertir las ideas en realidad a una escala cada vez mayor.
Casi toda la inteligencia de las máquinas se destinaría no a lo brillante, sino a lo aburrido.

Los límites de velocidad que la naturaleza impone a la expansión física podrían entonces frenar el progreso. Construir la maquinaria para aprovechar la energía de una estrella es un proyecto material, por más rápido que se tracen los planos. Más allá hay otras estrellas y otras galaxias, y la distancia (hasta donde sabemos) impone su propio freno: ninguna nave puede viajar ni ninguna señal puede regresar más rápido que la luz. Una civilización de amplitud es una civilización lenta. Sus grandes cambios podrían estar separados por milenios, quizá por millones de años. Cada nuevo paso toma más tiempo.
Las revoluciones agrícola e industrial parecerían el inicio frenético de una historia mucho más larga, con un ritmo de progreso mucho más lento.

Es muy posible que los futuros sistemas de IA superen a los humanos tanto en la generación de conocimientos de vanguardia como en la coordinación de los recursos necesarios para darles una utilidad práctica. Pero esta posibilidad no resta importancia a la curiosidad humana.
En primer lugar, nuestra obligación de buscar el conocimiento persiste, aunque las máquinas parezcan hacerlo mejor. Puede que el universo ya albergue mentes mucho más sabias que las nuestras, con respuestas a preguntas científicas y morales que escapan a nuestra comprensión. Aun así, seguimos intentando entender el mundo por nuestra cuenta. La llegada de otra inteligencia —incluso una que construyamos nosotros mismos— no cambia eso. Hasta que sepamos con certeza que a la humanidad no le queda nada distintivo que aportar, rendirnos significa desperdiciar todo lo que solo nosotros podemos ofrecer al mundo. Nuestro deber sigue siendo hacer preguntas e intentar responderlas.
En segundo lugar, es posible que tengamos una ventaja comparativa en la inteligencia de vanguardia frente a la inteligencia institucional. Eso significaría que, aunque seamos peores en ambas, somos relativamente mejores en la primera y nos especializamos en ella. Los humanos expresamos una preferencia por la creatividad frente a la rutina, mientras que los robots no expresan tal preferencia.
En tercer lugar, la variedad nos aporta valor. Aunque las máquinas puedan emular la mayor parte del pensamiento humano, si conservamos cierta singularidad, aportamos diversidad creativa. Gran parte de la inteligencia de las máquinas permanecería en su propio aparato autosuficiente, pero destinaríamos una pequeña fracción a nuestros fines creativos. Una mínima parte del total, pero un lujo a nuestra escala y mucho más que los recursos con los que contamos hoy.

El ingenio no existe en soledad. Necesita del mundo, y la genialidad necesita constructores que hagan realidad su visión creativa.
Hoy, gran parte de la inteligencia humana se dedica a la labor poco reconocida de convertir las ideas en realidad. Las mentes de las máquinas heredarán esa misma dependencia. No todas pueden ser lumbreras. También deben ser burócratas.
Nuestra historia futura —y el ritmo de su progreso— depende de si las grandes mentes necesitan más del mundo o si hacen más con menos.

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